#Nóos quedamos vendidos

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No tengo una bola de cristal, pero mi calva refleja bastante. A ver cómo #Nóos las apañamos mañana para convencer a nuestros hijos que ser justo y honesto merece la pena.

Presunto. Voy a poner esta palabra por delante, porque si no igual ¡Puff! se me materializa un tío armado delante y me pone la cara como una mermelada de moras. Así están las cosas con un gobierno que, como los malos padres, prioriza claramente el control sobre la libertad y la educación de las personas.

Mañana se conocerá la sentencia del caso Nóos. Urdangarin y Cristina. Él y ella. Gente con dinero y con poder que —presuntamente— se han puesto las botas a costa del erario público. A costa de que otros, menos ricos y menos guapos, se hayan quedado sin lo que les tocaba. Porque, a pesar de lo que muchos piensan, algunas ayudas sociales tienen un límite, y cumplido un cupo de gasto, ahí te las arregles. Y que cuando se cierran quirófanos, por mucho que te haya salido un bulto raro en los testículos, te fastidias y respetas las listas de espera.

Al dolor y la indignación que generan nuestros corruptos deberíamos añadir el destrozo que provocan en la educación de nuestros hijos e hijas

No tengo una bola de cristal, pero mi calva refleja bastante. Unos poquitos añitos de prisión para él, entre dos y cuatro, y una pequeña condena para ella, por algo que justo justito pueda llamarse delito. Cortina de humo, escándalo en eurovisión, y —¡Mirad!— la justicia hace los deberes. Ojalá me equivoque.

Sea lo que sea, culpables o no, condenados o beatificados por el sumo pontífice, tanta corruptela tiene implicaciones evidentes relacionada con la educación de los nuestros. A ver cómo haces tú para que tu hijo adolescente asuma que ser libre, solidario y honesto, merece la pena. Porque en esta ciénaga de barro y excrementos, si haces las cosas bien y te sacrificas por el equipo, resulta que se te señala como a un imbécil.

Así que, si yo tuviese un hijo adolescente, arrancaría la televisión de su sitio, y la lanzaría por la ventana. Daría un puñetazo en la mesa, y le hablaría de cómo funcionarios del Tercer Reich se exponían a un pelotón de fusilamiento por meter en las listas de deportados menos gente de la que la Gestapo esperaba. De cómo hubo hombres y mujeres, en la época de nuestros abuelos, que decidieron ir a defender Stalingrado, por un ideal pervertido por burócratas encamisados. De que hubo gente como Giordano Bruno que decidió morir antes que predicar otra visión del mundo. Y que yo, su padre, al que quizás aún admire un poco, y la totalidad de la población española, hombres y mujeres, todos juntos, no llegamos a un mísero porcentaje de sus huevos. Porque, perdida la batalla, sólo nos queda admirar el coraje, el valor y la integridad de nuestros muertos.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua Pedagogo de formación. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de la provincia de Bizkaia. En la actualidad soy orientador familiar.

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