Algunos consejos para afrontar las rabietas

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Nos escribe Paula, desde Portugalete. Paula está preocupada por el comportamiento de su hija Nahia, de casi 4 años. Según nos cuenta, siempre ha sido una niña muy afable y tranquila, pero últimamente está sacando a relucir su mal genio. Le preocupa especialmente que ha empezado a tener frecuentes rabietas, a tener celos de su hermano pequeño y a oponerse a ir a la cama a la hora que le toca.

Al preguntarle si ha habido cambios que puedan haberle afectado, nos destaca que desde diciembre vive con su pareja, con Nahia, y con su hijo pequeño, en casa de sus padres, porque han decidido cambiarse de piso a una casa más grande. Además, Jokin, el padre de Nahia, ha estado recientemente hospitalizado durante 2 semanas. No obstante, Nahia pensaba que estaba de viaje por motivos de trabajo.

Paula nos cuenta que la situación está empezando a pasarle factura, y que comienza a tener reacciones con su hija que le asustan, como por ejemplo, gritarle o castigarle, que le dejan muy mal sabor de boca. Tiene miedo de que a Nahia le esté pasando algo malo, y ha pensado en llevarle al psicólogo.  También ha pensado que la niña no tuvo oportunidad de vivir el proceso de la mudanza, porque le apartaron del mismo para que no sufra. Es por ello que piensa que quizás no haya tenido oportunidad de despedirse adecuadamente de la que hasta hace poco había sido su casita. 

¿Cómo le podemos ayudar?

Es habitual que los padres y madres sientan miedo ante los cambios repentinos en la conducta de sus hijos o hijas, y sobre todo, cuando aparecen síntomas de irritabilidad que hasta la fecha no estaban presentes. En estos casos, es frecuente que aparezcan dudas que tienen un gran potencial desestabilizador como por ejemplo “¿será por mi culpa?”, “¿lo estaré haciendo bien?” o “¿estará pasando algo que se me escapa?” Todas estas preguntas provocan la aparición de emociones muy desagradables y difíciles de gestionar (impotencia, descontrol, temor, tristeza, etc.) que lejos de facilitar las cosas, dificultan que pueda enfrentarse la situación aprovechando toda nuestra capacidad de atención, reflexión y empatía.

Pero ¿por qué se encuentra Nahia tan irascible? Por lo que nos cuenta Ana, es muy probable que confluyan dos factores clave. Vamos por partes.

En primer lugar, Nahia se encuentra en una etapa de su desarrollo caracterizado por la aparición de las rabietas. Las rabietas aparecen normalmente sobre los 3 años de edad y pueden prolongarse bastante en el tiempo. Las rabietas, a pesar de que hacen sentir muy mal a los adultos que cuidan de los niños, son una parte normal de su desarrollo, y satisfacen necesidades vitales, como por ejemplo, la necesidad de control.

El cerebro del niño de entre 3 y 4 años es aún muy inmaduro, y por tanto, tiene muchas dificultades para la autorregulación. Piensa que a duras penas controla aun el pis y la caca, y mucho menos cuestiones más complejas como la frustración.

Con las rabietas los niños y niñas obtienen una sensación de control, de que su comportamiento genera respuestas en los adultos que les cuidan, y eso les resulta, ciertamente, gratificante. Gracias a estos enfados inoportunos van teniendo la sensación de que son sujetos independientes de sus padres, con sus propios intereses y necesidades, y claro, están más que dispuestos y dispuestas a hacérnoslo saber.

Respecto a las rabietas, es muy importante que los padres y madres las consideren parte del desarrollo normal del niño o la niña de esta franja de edad, y que mantengan cierta distancia para interpretarlas como son, esto es, un fastidio inevitable, que –demos gracias- no se suele prolongar demasiado en el tiempo.

Por todo ello, no hay ninguna receta efectiva para evitarlas, pero sí ciertas estrategias para minimizar su intensidad o sus efectos. Te las contamos más adelante, cuando hagamos referencia a nuestros consejos.

Por otro lado, los niños y niñas, al igual que los adultos, necesitan un refugio seguro para enfrentarse a los problemas que les depara la vida. Necesitan tener la certeza de que, por muy mal que se pongan las cosas ahí fuera, siempre podrán regresar a la seguridad de su hogar, donde sienten que nada malo puede pasarles. Así pueden lanzarse a explorar el mundo y emprender osadas aventuras, sabiendo que sigue existiendo un sitio cálido, agradable y predecible, al que volver cuando uno se altera o se encuentra fatigado.

El refugio seguro (J. Bowlby) puede ser tanto un lugar físico, como una relación de calidad que nos permita “sentirnos sentidos” (Daniel J. Sieguel) por las personas a quienes queremos y que son importantes para nosotros.

Es muy probable que Nahia haya perdido provisionalmente este refugio seguro, en ambos sentidos:

Por un lado, es evidente que ha perdido su casa. Su lugar de referencia. Su cama, su espacio de juego y sus rutinas. Además ahora se ve expuesta a las normas y a la forma de funcionar de otras personas diferentes a sus padres. Eso a una mente inmadura como la de Nahia, le puede generar cierta tensión y malestar, que inevitablemente se reflejarán en su comportamiento.

Por otro lado, una mudanza es una situación muy estresante, sobre todo si además le añadimos la responsabilidad de cuidar de un niño pequeño, y para colmo, la hospitalización del padre de familia. Ante esta situación es muy probable que Paula se encuentre también estresada e insegura, y que por tanto tenga muy limitada su capacidad de empatía, atención y reflexión, que son las capacidades que primero se pierden frente al estrés.

Es probable que para Nahia, que aún es muy pequeña, inmadura y vulnerable, todo esto es un pequeño drama. No sólo ha perdido su búnker de referencia, sino que también siente que su madre y quizás también su padre no estén tan presentes como antes en la relación con ella. Y por tanto, tiene sus sentimientos a flor de piel. Es como una olla a presión que no cuenta con válvulas adecuadas para que Nahia pueda liberar toda la presión que tiene dentro e, inevitablemente, a veces explota.

No obstante ¿qué podemos hacer? A continuación exponemos algunos consejos que pueden ayudar a Nahia a llevar mejor toda esta situación:

  • Adopta lo que se denomina una postura atenta. Cuando estamos muy estresados, los adultos tendemos bien a bloquearnos en el pasado (“¿será que le ocurrió algo malo?”) o anticipar peligros y desgracias que muchas veces sólo están en nuestra imaginación (“¿estaré perdiendo el control?” “¿y si en el futuro no soy capaz de controlarla?” “¿le estaré generando un daño importante?”). En ambos casos perdemos de vista el presente, y por tanto lo que ocurre ahora mismo en la relación con nuestros hijos e hijas. No dejes que a ti te pase lo mismo, porque eso provocará que tu hija se sienta más sola y desatendida. Afronta lo que ocurra hora a hora, día a día, y verás como todo te resulta más fácil y gratificante.
  • No eches más leña al fuego. Cuando los padres y madres estamos muy preocupados, tendemos a proyectar estas preocupaciones sobre nuestros hijos. Hay quien les atosiga con preguntas, quien les invita constantemente a hablar sobre las cosas que les preocupan, y quien les presiona para que “solucionen sus problemas”. No sabemos si este es tu caso, pero sea cual sea, piensa que una forma casi siempre adecuada de afrontar las rabietas es ignorarlas, explicando al niño o a la niña, con toda la calma y el cariño posibles, que le prestarás toda la atención que necesita cuando esté más tranquilo.
  • Recuérdate que las reacciones de tu hija son normales, teniendo en cuenta la situación que está viviendo. Es parte de su proceso de aprendizaje, y casi con seguridad, irán desapareciendo cuando vaya madurando su cerebro, y vuelva a disponer de un refugio seguro.
  • Pon nombre a sus emociones. Préstale tu cerebro para que pueda utilizarlo. Frases como “ceo que te has enfadado porque no te he dejado jugar con la muñeca” o “me parece que estás un poco triste porque echas de menos nuestra casa de antes”, pueden ser muy clarificadoras e irán permitiendo a tu hija ir poco a poco ejercitando su “visión de la mente”, una habilidad básica para el ejercicio del autocontrol.
  • Recuérdale que las emociones son pasajeras. A menudo, los niños y niñas olvidan que las emociones van y vienen, como las nubes con el viento, y piensan que siempre van a estar enfadados, tristes, o con miedo. Y esto no ayuda nada a que estén más tranquilos. Recuérdale que pronto volverá la serenidad que necesita, y que puede contar contigo para lo que necesite.
  • Ayúdale a recordar. Utiliza mucho tacto y cariño, pero cuando esté tranquila recuérdale los momentos en los que se ha sentido tan irritable, y hazle preguntas sobre lo que le hizo sentir tan mal. Le dará seguridad que des importancia a sus emociones y que le prestes toda esa atención que necesita. ¡Pero cuidado! Nada de reproches.
  • Dedica diariamente un tiempo al juego. Es muy importante que Nahia se sienta conectada contigo, y para eso, no hay nada mejor que el juego. Dedica al menos 10 minutos todos los días a jugar con ella, o a leerle un cuento. Recuerda que muchos de los enfados ocurren o se potencian porque nos sentimos desconectados de las personas a las que queremos.
  • Dile la verdad. Aunque sea una tentación muy fuerte, no le digas “mentiras piadosas”. Las mentiras, de cualquier tipo, distancian a las personas, porque transmiten entre líneas mensajes muy poco gratificantes como, por ejemplo “no lo vas a entender”, “eso no va contigo” o “no quiero implicarme en esto”. Las mentiras hacen a los niños sentirse más solos respecto a las personas a las que quieren, aprecian, y valoran.
  • Dile con claridad lo que esperas de ella, y refuérzale si hace lo correcto. Piensa que el 90% de las cosas que puedes hacer para ayudar a que tu hija sepa autorregularse mejor, y tenga un mejor comportamiento, ocurren cuando ella está tranquila y vosotros no estáis en medio de un conflicto.
  • Recuérdale lo orgullosa que estás de ella, y de su comportamiento. Seguro que puedes recordar momentos gratificantes a lo largo del día. Para ello, te recomendamos nuestra actividad El cofre del Tesoro, que puedes adaptar a la edad de Nahia utilizando dibujos en lugar de palabras.
  • Conserva las rutinas. Haz lo posible para que Nahia sienta que la casa donde vivís es una prolongación de su vida anterior. Sigue los mismo horarios, imponle las mismas normas. Los ritmos y los límites le darán cierta estructura, de la que ahora carece.
  • Si es necesario, contenle con un abrazo. Si está a punto de explotar o ha explotado, olvídate del castigo y de las amenazas, y abrázale con firmeza hasta que se calme, mientras le susurras “ya se pasa” al oído. Recuerda que en esos momentos no puede prestarte atención, tenerte en cuenta o reflexionar sobre lo que pasa. No malgastes energías que vas a necesitar para otras cosas.
  • Busca ayuda. Si sientes que la situación te sobrepasa, y que tus miedos te proyectan hacia el futuro, pide a alguien de confianza que te escuche y acompañe para afrontar la situación. Si este apoyo no te satisface o te genera mayor tensión, te recomendamos que contrates los servicios de un educador u orientador familiar. Es probable que con muy pocas sesiones tu perspectiva de la situación cambie, y te sientas más segura para enfrentar estas dificultades con tu hija.

Muchas gracias Paula, por escribirnos. Esperamos que nuestros consejos te resulten útiles, y que nos puedas contar tu experiencia cuando los pongas en marcha.

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