Claves para enfrentar tempranamente el acoso escolar

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Gracias a la consulta de Elena y Luis, te ofrecemos 11 claves para afrontar de manera temprana y eficaz los primeros indicios de acoso escolar. Empodérale con sensibilidad y afecto y no permitas que la cosa vaya a más!

Elena y Luis dicen estar muy preocupados por su hijo Jon, de 4 años. Ambos coinciden en que Jon es un niño tranquilo, paciente y mañoso; pero un poco miedoso. En clase siempre se ha llevado bien con sus compañeros, aunque prefiere estar en grupos pequeños, y en ambientes donde haya poco barullo. No obstante, le cuesta bastante manejar los conflictos interpersonales, y suele responder llorando.

Hace un mes ha entrado un niño nuevo en clase. Este niño parece ser la antítesis de Jon: es un niño muy movido, agresivo en sus formas, que rompe habitualmente la dinámica de la clase y que se impone por la fuerza sobre sus compañeros. Además temen que la haya tomado con Jon, por ser una víctima fácil: le insulta, le pega y dice a otros niños que no jueguen con él. Jon sólo responde llorando, pero al llegar a casa se muestra muy intranquilo e irascible. Han hablado con el profesor, pero la situación no ha mejorado.

Su madre y su padre nos explican que están muy preocupados, y que la angustia de su hijo se les está contagiando. Además han empezado a discutir mucho sobre cómo afrontar el problema, y no tienen criterios similares. Elena es partidaria de esperar una mejoría según vaya avanzando el curso, sin hacer demasiado ruido, dado que se trata de cosas de niños que, por naturaleza, tienden a normalizarse. Luis, en cambio, está muy en desacuerdo con su pareja, y entiende que su hijo debe aprender a defenderse para que los otros niños les respeten.  ¿Qué opción es mejor para Jon?

No podemos evitar alabar la forma en la que Elena y Luis nos formulan la pregunta “¿qué es lo mejor para Jon?” Es un indicador de que dan importancia al hecho de distinguir entre sus propias necesidades y las necesidades de su hijo, y de que muy probablemente son conscientes de la gran cantidad de fantasmas que nos suscitan a los adultos este tipo de problemas.

Es probable que los padres de Jon se sientan muy inseguros, porque no conocen de primera mano la gravedad de los hechos que, por otro lado, ocurren fuera de su margen de actuación. Por otro lado, el dolor de su hijo puede servir para reactivar muchas emociones negativas asociadas a nuestra propia infancia o vivencia de la escolarización: enfado, miedo, vergüenza, impotencia… son todas ellas emociones muy desagradables que van a ayudarnos más bien poco a enfrentar el problema con nuestra capacidad para reflexionar y empatizar intactas.

Debemos partir de un hecho que para muchas personas puede resultar doloroso: nosotros hemos participado directa o indirectamente en abusos que hoy se engloban en la categoría de “acoso escolar”. Es cierto que no todo el mundo ha participado activamente de las agresiones (físicas o emocionales) a un compañero, pero prácticamente todos nosotros hemos formado parte en alguna ocasión de la mayoría silenciosa que con su actitud (me río, me aparto o no hago nada) ha consentido que esta lacra genere el sufrimiento que hoy vemos reflejado en los medios de comunicación.

Es probable que las únicas personas que no hayan participado jamás de estos hechos hayan sido o bien niños y niñas especialmente empáticos y resilientes, o las propias víctimas de acoso escolar, que por sus desagradables experiencias se muestren especialmente sensibles al dolor de sus compañeros.

Con ello no deseamos provocar un malestar gratuito. Tan sólo consideramos que es importante que todos los adultos tomemos conciencia de que haber sido testigos (y/o partícipes) de agresiones y abusos a compañeros de manera repetida y cotidiana, o las víctimas de los mismos, nos condiciona para que hoy desconfiemos de las capacidades  de la escuela o de la sociedad para proteger a las personas que más lo necesitan. Invariablemente esperamos la peor de la respuesta: el silencio, la impunidad, y la prolongación del dolor del niño o niña que han sido agredidos.

Tenemos que tomar conciencia de todo ello, para llegar a aceptar que la situación de hoy en día no es idéntica a la que vivimos en nuestra infancia. En la actualidad, la escuela está algo más sensibilizada y preparada para enfrentar este tipo de problemas, y actuar correctamente para proteger a las víctimas. No obstante, aun queda mucho camino por recorrer, sobre todo para la red privada de enseñanza donde a veces el interés de captar clientes se antepone a la protección de los alumnos que sufren las agresiones de sus compañeros.

Además, es importante que sepáis que existe una legislación que obliga a las administraciones e instituciones públicas o privadas a actuar de manera correcta en caso de que los profesionales actúen inadecuadamente o movidos por intereses ajenos a la protección del niño o niña más vulnerable.

Visto todo ello, ofrecemos a los padres de Jon una serie de consejos:

  • Informaros bien. Habéis hecho muy bien en hablar con el profesor, porque es la persona que mejor conoce la dinámica de la clase. Transmitirle que confiáis en su criterio, pero hacerle conocedor también de las señales de malestar que muestra vuestro hijo en casa, para que pueda dar la importancia que merece al disgusto de vuestro hijo.
  • No perdáis de vista que Jon está sufriendo. Es probable que os encontréis con opiniones de lo más diversas, entre las cuales observaréis algunas como “son cosa de niños”, “si este niño pega a todo el mundo”, “si son muy pequeñitos”, o “dales tiempo y se regularán solos”… muchas de estas opiniones se os expresarán con las mejores intenciones del mundo, con la intención de calmar vuestros niveles de estrés o ansiedad. Pero hacerles caso es dejar a vuestro hijo sólo y en la estacada, más vulnerable si cabe al daño que pueda estar recibiendo.
  • Hablad en pareja sobre las emociones que os suscita enfrentaros a este problema. Daos a conocer vuestro diálogo interno, lo que teméis que ocurra y lo que os gustaría que pasase a partir de este momento. Pero hacerlo con la prioridad de entenderos mejor entre vosotros, para empatizar el uno con el otro. Es muy importante que os comprendáis a la perfección antes de intentar dar una solución al problema. Si no lográis hacerlo, o el proceso os genera más sufrimiento, acudid a un psicólogo especialista en terapia de pareja, o a un orientador familiar. Es probable que en pocas sesiones mejoren mucho las cosas.
  • No paséis por alto ninguna señal de malestar. Jon necesita en este momento saber que sus padres reconocen hasta los más mínimos síntomas de malestar que pueda estar viviendo. Que cuenta con un refugio seguro al que acudir cuando las cosas estén mal ahí afuera. Cuando percibáis que Jon está ansioso o saturado, calmarle con un abrazo, con caricias suaves, describiendo con sensibilidad qué es lo que creéis que pueda estar viviendo. El aún es muy pequeño para hacerlo, pero agradecerá mucho que acertéis a la hora de describir sus experiencias y sentimientos.
  • Cuando sintáis que Jon está tranquilo y puede escucharos con toda su atención, ofrecerle alternativas válidas para enfrentar el problema. Es muy importante que tenga la sensación de que puede hacer algo por defenderse (llamar al profesor, contaros lo que ha ocurrido, buscar el apoyo de otros niños…). Pero recuerda, no se trata de que elimine de un plumazo el problema, eso no es posible. Pídele sólo cosas que estás seguro o segura que puede hacer. Insistir en que actúe más allá de sus posibilidades puede empeorar mucho más, si cabe, las cosas.
  • Crea una red protectora a su alrededor. Habla con las buenas personas que se encuentran cerca suyo, y que pueden mostrarse sensible a sus señales de malestar y sus necesidades. Es importante que cuente con alguien en quien apoyarse para sentir la seguridad suficiente para enfrentar sus dificultades.
  • Ayúdale a recordar. A menudo puede suponer cierto sufrimiento para los padres y madres de los niños y niñas que sufren en clase, pero es muy importante que los niños narren los acontecimientos del día, los buenos y los malos. Así podrá ir distinguiendo poco a poco la realidad de sus miedos y fantasías, y equilibrar sus experiencias positivas y negativas, creándose una visión más realista de su vida en particular.
  • Refuérzale cuando sientas que ha afrontado bien cualquier problema interpersonal. La seguridad se va adquiriendo poco a poco, por un camino empinado y bastante pedregoso. Si deseas que en el futuro se sienta fuerte y capaz de dar respuestas más eficaces y complejas, comienza afianzando los pequeños logros que le hagan avanzar hasta la cima de esa montaña.
  • Explícale que las emociones son pasajeras. Cuando esté muy nervioso o ansioso, recuérdale que el enfado, la tristeza, el miedo o la vergüenza son como el fuego de una cerilla que dura un rato y luego desaparece. Visualizar sus emociones y atribuirles un carácter temporal le ayudará a tomar el control sobre las mismas, y a mejorar su capacidad para autocontrolarse, cosa fundamental para potenciar su seguridad en sí mismo.
  • Actúa en red, no por tu cuenta. Sentirás deseos e impulsos de solucionar el problema “de una vez por todas”, enfrentándote al colegio o al padre o a la madre de ese niño tan malo. No lo hagas. Invita al profesor para que medie en el asunto, y cuente con la complicidad de los padres del otro niño. Por mucha rabia que te de todo esto, su colaboración es parte de la solución ideal.

Y por supuesto, si la situación se agrava, u observas que el sufrimiento de tu hijo alcanza cotas realmente preocupantes, contacta con una asociación experta en el tema como http://www.noalacoso.org/. Te ofrecerán información de calidad adaptada a tus necesidades.

Recuerda que esta respuesta es sólo una aproximación al problema que tenéis que afrontar, y que es muy probable que se nos queden muchas cosas en el tintero. Si deseáis más información no dudéis en dejarnos un comentario. Intentaremos ampliar el contenido del post, o resolverla en un artículo aparte.

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